
La fiesta de hoy, con la que concluye
el tiempo navideño, nos brinda la oportunidad de ir, como peregrinos
en espíritu, a las orillas del Jordán, para participar en un acontecimiento
misterioso: el bautismo de Jesús por parte de Juan Bautista.
Hemos escuchado en la narración evangélica: "mientras Jesús,
también bautizado, oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu
Santo sobre él en forma de paloma, y se escuchó una voz del cielo:
"Tú eres mi Hijo predilecto, en ti me complazco""
(Lc 3, 21-22).
Cristo es iluminado: dejémonos iluminar
junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo
que él, para ascender con él. Juan está bautizando, y Cristo se
acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado;
y, sin duda, para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán,
santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa;
y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante
el Espíritu y el agua.
Juan se niega, Jesús insiste. Entonces:
Soy yo el que necesito que tú me bautices, le dice la lámpara
al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre
los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que
había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya
adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor
al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito
que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa.» Pues
sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o
que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.
Pero Jesús, por su parte, asciende
también de las aguas; pues se lleva consigo hacia lo alto al mundo,
y mira cómo se abren de par en par los cielos que Adán había hecho
que se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que
se había cerrado el paraíso con la espada de fuego.
También el Espíritu da testimonio
de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su semejante.
Y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente
Aquel de quien se daba testimonio; del mismo modo que la paloma,
aparecida en forma visible, honra el cuerpo de Cristo, que por
deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes,
la paloma había anunciado el fin del diluvio.
Honremos hoy nosotros, por nuestra
parte, el bautismo de Cristo, y celebremos con toda honestidad
su fiesta.
Ojalá que estéis ya purificados,
y os purifiquéis de nuevo. Nada hay que agrade tanto a Dios como
el arrepentimiento y la salvación del hombre, en cuyo beneficio
se han pronunciado todas las palabras y revelado todos los misterios;
para que, como astros en el firmamento, os convirtáis en una fuerza
vivificadora para el resto de los hombres; y los esplendores de
aquella luz que brilla en el cielo os hagan resplandecer, como
perfectas lumbreras, junto a su inmensa luz, iluminados con más
pureza y claridad por la Trinidad, cuyo único rayo, brotado de
la única Deidad, habéis recibido inicialmente en Cristo Jesús,
Señor nuestro, a quien le sean dados la gloria y el poder por
los siglos de los siglos. Amén.