Reformas efectuadas en el Santuario de la Virgen de la Soledad.

miércoles, 5 de marzo de 2014

La Cuaresma en el corazón del hombre.

Vivimos en un tiempo de grandes cambios, de continuas puestas al día: de personas, instituciones… En esta euforia de cambio, impuesta por el mundo que nos toca vivir, necesitamos un cambio de mayor consistencia, de más hondo calado; el cambio de cada uno de nosotros, de nuestro modo de pensar, de vivir y de actuar.

Hoy, todo sucede con rapidez. Parece que todo ocurre de modo caótico, sin que tengamos la posibilidad de darnos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor. Es por tanto, que debemos aclarar, poner en orden nuestra vida. Es necesario tomarse un tiempo para “respirar”.

En estos tiempos en que tanto se exalta la libertad, resulta que nos vemos atrapados por formas de esclavitud; algunos echan mano a liberaciones que resultan evasiones momentáneas, huídas, que lo único que hacen es esclavizar más. En muchos sectores aparece una renovación continua, pero no parece que esta deseada renovación ayude a superar esa sensación profunda de hastío, de falta de ilusión por la vida, de frustración.

Con frecuencia escuchamos en nuestras conversaciones: “estoy agotado, no puedo más”. Las vacaciones, los fines de semana y las fiestas no parece que consigan el efecto deseado, sino en muchas ocasiones, todo lo contrario, y lo que necesitamos es pararnos y hacer silencio, un silencio que brote de lo íntimo de nosotros y que se haga silencio externo.

Las relaciones, tanto a nivel personal como social, cada vez se van haciendo más complicadas, conflictivas y falsas, creando así un ambiente de envidias, desconfianzas y recelos. En medio de este clima de prisas, superficialidad y tensión, queremos propiciar una mayor claridad y serenidad para superar esos rencores, buscando así una necesidad de salvación, pero…, sin Jesucristo, una salvación sin Dios, y este planteamiento desde su origen está abocado al fracaso. El único que es nuestra Paz, nuestra Alegría y nuestra Vida es Cristo Jesús.

Por eso, la Cuaresma es el tiempo del verdadero cambio y de la renovación a fondo, tiempo de volver a respirar a pleno pulmón, tiempo de poner en orden tantas confusiones, para hacer que nuestra vida sea auténtica y no una farsa…, para llegar a la salvación que sólo se encuentra en la Pasión y en la Cruz de Jesucristo.

Esta renovación de cada uno de nosotros no se lleva a cabo por un simple deseo de nuestra voluntad, ni es fruto de nuestra inteligencia despierta; el cambio de vida brota de la decisión que nos pone a la escucha atenta de Jesucristo, de dejarnos moldear por Él, de ser dóciles para entrar, no por nuestros planteamientos sino por los suyos, de querer dejarnos sanar y liberar por la sangre redentora de Jesús.

Penetrando en el misterio del dolor de Dios, de su oración en Getsemaní, de su flagelación y coronación de espinas, de su acompañamiento silencioso por la calle de la amargura, de su crucifixión en el Gólgota, captaremos la esencia de nuestra propia curación.

No olvidemos que el camino de la Cuaresma es un desierto en el que hemos de ser limpiados y purificados por la lectura y meditación de la Palabra de Cristo y por las prácticas propias de este tiempo: el ayuno, la abstinencia, la limosna y la oración que deben ayudarnos como afirmaba Pablo VI en la cuaresma de 1967: “a hacer cada uno examen de conciencia y ver cómo vive, como piensa, como actúa” (Populorum progressio 47).

.- El Ayuno y la Abstinencia
Tiene una dimensión física; además de la abstinencia de alimentos, engloba otras formas, como privarse de fumar, de algunas diversiones… Pero todo esto no abarca toda la realidad del ayuno. Es sólo un signo externo de una realidad interior; se trata de algo mucho más trascendente, ya que es signo de nuestra voluntad de expiación, de reparación por nuestros pecados: “No ayunamos por la Pascua, ni por la Cruz, sino por nuestros pecados, para vivir dignamente los misterios de nuestra salvación” (San Juan Crisóstomo).

La verdadera abstinencia es abstenernos del pecado: “El ayuno verdaderamente fecundo, el que compromete a todos los hombres, es la abstinencia de la maldad y de los placeres ilícitos; este es el ayuno perfecto […]. Y, por consiguiente, cuando en este mundo vivimos con coherencia y rectamente, cuando nos abstenemos de los placeres ilícitos, vivimos en nuestra propia vida los cuarenta días de ayuno cuaresmal” (San Agustín).

.- La Limosna
Es fruto del ayuno y de la abstinencia. No es dar lo que nos sobra. La limosna penitencial nos compromete a prescindir de aquello que nos apetece y que en realidad no nos hace falta. Prescindiendo de lo que nos atrae, dejando de hacer gastos superfluos y destinando ese dinero a los más necesitados o a los gastos del culto de las celebraciones pascuales, estamos despojándonos de aquello que sin ser nocivo, no nos hace falta porque es fruto de nuestro capricho.

.- La Oración
    Brota del ayuno que nos hace buscar el alimento de la Palabra de Cristo, de acudir al encuentro personal con el Señor. Una oración ante una imagen de Jesucristo llagado, coronado de espinas, abofeteado, escupido e insultado; clavado al árbol de la cruz. Una oración que es el auténtico alimento de la Cuaresma, hecha diariamente en la intimidad del hogar. ¿Por qué no apagar la televisión y el ordenador en la tranquilidad de la tarde o de la noche y entrar en diálogo íntimo con Aquel que me amó y se entregó por mí? La oración personal nos lleva a la celebración litúrgica, que en la Cuaresma es tan rica y aleccionadora.

    En conclusión: la Cuaresma nos hace  hambrear la Misa de cada día, a aprender a fiarnos de Jesús y sentirlo junto a nosotros, que nos mira como miró a Pedro la noche de Jueves Santo; a querer purificar nuestra alma y mejorar la propia vida por medio del sacramento de la confesión; a dedicar nuestro tiempo –no el que me sobra- a querer y servir a los que más lo necesitan. Así, estaremos preparados para entrar en los días santos de la Pasión y Muerte de Jesucristo y a renovar las promesas de nuestro bautismo en la noche santísima de la Vigilia Pascual, que nos llevará a “pasar” a la vida nueva que nos trae el Señor Resucitado.
 Francisco Aurioles de Gorostiza
 Párroco de San Francisco 

 y consiliario de la cofradía de Ntra Sra de la Soledad.

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