Aguardar al Señor que ha de llegar, es el contenido
trascendental del tiempo del Adviento, que precede a la gran celebración
de Navidad. La liturgia de este período está llena de
esperanzas por la venida del Salvador y recoge los sentimientos de
expectativa que comenzaron en el instante mismo de la caída de nuestros
primeros padres.
En aquella oportunidad, Dios anunció la venida de un Salvador.
La humanidad estuvo, desde entonces, pendiente de esta promesa y
adquiere este tema tal importancia que, la concreción religiosa del
pueblo de Israel, se reduce en uno de sus puntos principales a esta
espera del Señor.
Esperaban los patriarcas, los profetas, los reyes y los justos… todas
las almas buenas del Antiguo Testamento. De este contexto de
expectación, toma la Iglesia las expresiones deseosas, vivas y adecuadas
para la preparación del misterio de la “nueva Natividad” del Salvador
Jesús.
En el punto sobresaliente de esta expectación, se halla la Santísima Virgen María.
Todos aquellos anhelos culminan en Ella, la que fue elegida entre todas
las mujeres para formar en su seno al verdadero Hijo de Dios.
Sobre Ella se ciernen los profecías antiguas, (en concreto
las de Isaías); Ella es la que, como nadie, prepara los caminos del
Señor. La invoca sin cesar la Iglesia en el tiempo de Adviento, auténtico mes de María, ya que por Ella hemos de recibir a Cristo.
Nada, pues, más a propósito que la contemplación de María en los
sentimientos que Ella tendría en los días inmediatos a la natividad de
su divino Hijo.
“Si todos los santos del Antiguo
Testamento—escribe el padre Giry (Les petits Bollandistes t. 14 p.373
)—desearon con ardor la aparición del Salvador del mundo, ¿cuáles no
serían los deseos de Aquella que había sido elegida para ser su Madre,
que conocía mejor que ninguna otra criatura la necesidad que tenia la
humanidad, la excelencia de su persona y los frutos incomparables que
debía producir en la tierra, y la fe y la caridad, que sobrepasan la de
todos los patriarcas y profetas?“
Fue tan grande el deseo de la Santísima Virgen, que nosotros no
tenemos palabras para expresar su mérito. Y tampoco podemos concebir
cuál fue su gozo cuando Ella vio que sus deseos y los de todos los
siglos y de todos los hombres iban a realizarse en Ella y por Ella, ya
que iba a dar a luz la esperanza de todas las naciones, aquel sobre
quien se fijaban los ojos de todos en el cielo y en la tierra y miraban
como a su libertador.
María presenta, para el cristiano de hoy, la posición que
éste debe mantener, fundamentalmente en estos tiempos: esperar al Señor.
Toda la vida del cristiano es una expectación. El modelo de ésta lo
ofrece María.
Cuando se espera algún suceso importante que trae consigo angustia y
pena, la reacción directa de la persona normal es de temor, acompañado a
veces por la congoja y angustia que tiende a acrecentarse por la
fantasía ante la consideración de los males futuros predecibles. Cuando
se prevé la llegada de un bien, que tiene una entidad considerable, se
vive en una espera atenta y presurosa que va desde el anhelo y la
ansiedad hasta la euforia acompañada de una prisa impaciente. A mayor
mal futuro, más miedo; a mejor bien futuro, más esperanza gozosa.
Algo de esto pasó al Pueblo de Israel que conocía su carácter de
brevedad funcional, al menos en los círculos más creyentes o
especializados en la espiritualidad premesiánica. La evidencia de que la
llegada del Mesías Salvador era inminente, hizo que muchos judíos
piadosos vivieran en una tensión de anhelo creciente (basta pensar en el
anciano Simeón) hasta poder descubrir en Jesús al Mesías que se había
prometido a la humanidad desde los primeros tiempos posteriores al
Pecado. Era todo un Adviento (o Advenimiento).
Y como el Mesías llega por la Madre Virgen, es inadmisible preparar
la Navidad desechando de la contemplación del indecible gozo esperanzado
que poseyó Santa María por el futuro próximo inmediato de su parto.
Eso
es lo que se quiere expresar con “La Expectación del Parto”, o “El día
de Santa María de la Esperanza” como se le llamó también en otro tiempo, o “Nuestra
Señora de la O” como popularmente también se le denomina hoy.
NUESTRA SEÑORA DE LA DULCE ESPERA
Esta advocación se refiere al tiempo en que la Santísima Virgen vive
su embarazo, esperando el nacimiento del Redentor. Muchas familias
durante la experiencia del embarazo suplican su amparo maternal; como
así también, diversas personas ruegan a Ella en caso de embarazos
complicados o problemas de concepción.
Oración de San Francisco a la Virgen María:
"¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios,
María virgen hecha Iglesia,
elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por él con su santísimo Hijo amado
y el Espíritu Santo Defensor,
en ti estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien!
¡Salve, palacio de Dios!
¡Salve, tabernáculo de Dios!
¡Salve, casa suya!
¡Salve, vestidura suya!
¡Salve, esclava suya!
¡Salve, Madre suya!
y ¡salve, todas vosotras, santas virtudes,
que por la gracia e iluminación del Espíritu Santo,
sois infundidas en los corazones de los fieles,
para hacerlos de infieles, fieles a Dios!"
ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE LA DULCE ESPERA
María, madre del amor hermoso, dulce muchacha de Nazareth,
Tú que proclamaste la grandeza del Señor y,
diciendo que “sí”, te hiciste Madre de nuestro Salvador y Madre nuestra:
atiende hoy las suplicas que te hago.
En mi interior una nueva vida está creciendo:
un pequeño que traerá alegría y gozo, inquietudes y temores, esperanzas y felicidad a mi hogar.
Cuídalo y protégelo mientras yo lo llevo en mi seno.
Y que, en el feliz momento del nacimiento, cuando escuche sus
primeros sonidos y vea sus manos chiquitas, pueda dar gracias al Creador
por la maravilla de este don que Él me regala.
Que, siguiendo tu ejemplo y modelo, pueda acompañar y ver crecer a mi hijo.
Ayúdame e inspírame para que él encuentre en mí
un refugio donde cobijarse y, a la vez,
un punto de partida para tomar sus propios caminos.
Además, dulce Madre mía, fíjate especialmente
en aquellas mujeres que enfrentan este momento solas, sin apoyo o sin cariño.
Que puedan sentir el amor del Padre
y que descubran que cada niño que viene al mundo es una bendición.
Que sepan que la decisión heroica
de acoger y nutrir al hijo les es tenida en cuenta.
Nuestra Señora de la Dulce Espera,
dales tu consuelo y valor. Amén
Cerca está la llegada de nuestro Redentor démosle posada en nuestro corazón.
Fotos: Virgen de la Soledad para el Tiempo de Adviento y Navidad 2014.
Texto: Amigos Foro de la Virgen.